Remedios naturales para eliminar las verrugas

 

Los remedios que siguen parecen pura magia: son indoloros, eficaces y no hace falta recurrir a ningún producto químico, por lo que pueden usarse tanto en niños como en adultos.

Ajo

Aplique sobre la verruga una cataplasma hecha a base de ajo machacado, y para que no se mueva de su sitio, utilice venda y esparadrapo. Repita la operación cada día hasta que la verruga desaparezca. Primero verá que va secándose y volviéndose negra hasta finalmente caerse.

Aloe vera

El aloe vera es una planta con múltiples propiedades dermatológicas, también útil para acabar con las verrugas. Para ello, aplique gel de aloe vera fresco (es decir, el que se obtiene directamente de la planta) sobre la verruga. El gel es la pulpa transparente que sale al cortar las hojas de una planta de aloe vera de unos tres años de edad, que es cuando las hojas miden unos 50 cm.

Arcilla verde

Debe colocar directamente sobre la verruga arcilla verde y dejarlo secar hasta que esté bien seco (lo que puede durar hasta 30 minutos). Cuando esto ocurra, lave bien la zona para eliminar toda la arcilla y aplique sobre la verruga unas gotas de árbol de té. No tapar.

Berenjena

Se trata de cortar un trocito de berenjena del tamaño de la verruga y, por la noche antes de acostarse, sujetarlo sobre ella con un trozo de esparadrapo. La operación debe repetirse durante varias noches, tras las cuales la verruga se va oscureciendo, hasta que muere por completo y se despega.

Una variante más conocida de este tratamiento consiste en utilizar el tallo verde de la berenjena, que es la parte que la mantiene unida a la planta. Sólo hace falta cortarlo con un cuchillo muy afilado para separarlo. Después, sujetándolo por el rabito, hay que frotarlo contra la verruga durante medio minuto. Se debe repetir la operación cuatro días seguidos. Si el tallo verde se seca, tírelo y utilice otro más fresco.

Celidonia

Los buenos herbolarios recogen la celidonia cuando se encuentra en plena floración (al final de la primavera o en verano, dependiendo del clima). En ese momento está llena de su famoso jugo amarillo, que tiene un olor nauseabundo pero unas propiedades milagrosas. La celidonia silvestre se puede encontrar en los países de clima templado por debajo de los 1.000 m en matorrales, setos y viejos muros a la sombra, en lugares húmedos y descuidados.

Para utilizarla para tratar las verrugas, deben cortarse las raíces en trocitos muy finos y dejarlas macerar en vinagre de sidra en un lugar fresco durante diez días. La mezcla resultante se debe aplicar 3 veces al día sobre la verruga con la ayuda de un pincel, y después hay dejar que se seque. No es necesario tapar la verruga. Repita esta operación hasta que la verruga desaparezca. La mezcla se conserva bien en un lugar fresco.

Hay personas que han conseguido resultados satisfactorios utilizando tintura madre de celidonia, disponible en farmacias.

Corteza de cerdo

He aquí un remedio de origen animal que también funciona y es igualmente sencillo e indoloro. Se trata de frotar las verrugas a diario y a conciencia con un trozo de corteza de cerdo. Entre aplicación y aplicación es necesario guardar la corteza en papel de aluminio.

Limón

Tome un limón ecológico. Retire la corteza, córtela en trocitos y déjela macerar en vinagre blanco durante 2 días.

Antes de acostarse, coloque trozos de corteza sobre la verruga y utilice venda y esparadrapo para que no se muevan. Al levantarse, retire el vendaje y lave y seque la verruga. Empape un algodón con tintura madre de tuya y aplíquelo sobre la verruga. Utilice un esparadrapo para sujetar el algodón durante todo el día. Repita estos dos pasos hasta que la verruga desaparezca.

La tintura madre de tuya se obtiene mediante la maceración en un lugar apartado de la luz de brotes primaverales de Thuya occidentalis (un arbusto que crece sobre todo en Canadá) en 10 unidades de alcohol.

Una variante es utilizar aceite esencial de limón, aplicándolo directamente sobre la verruga y dejando secar al aire, hasta que la verruga se seque del todo y se caiga.

Patata

Corte un trocito de patata cruda y aplíquelo sobre la verruga durante unos minutos por la mañana y por la tarde con el fin de humedecerla.

Repita esta operación con un trozo de patata diferente cada vez hasta que la verruga desaparezca. Este remedio es eficaz gracias a la fécula que contiene la patata.

Sauce

El sauce es otro remedio al que lleva recurriéndose siglos para tratar las verrugas. Hay dos formas de hacerlo, mediante las hojas o bien con la corteza.

Con las hojas, se trata de frotar una hoja de sauce sobre la verruga tres veces al día (con cuidado de proteger la piel sana que se encuentra alrededor).

Si va a utilizar la corteza, hay que colocar la parte interior (es decir, la parte húmeda, no la externa), manteniéndola pegada a la verruga durante todo el día con un esparadrapo. Debe cambiarse por un trozo nuevo de corteza todos los días. Una semana después, aproximadamente, la verruga habrá desaparecido.

Además, en los herbolarios pueden encontrarse extractos de sauce que también pueden aplicarse directamente sobre la verruga con el mismo fin.

Savia de higuera

Al cortar un higo de una higuera o alguna ramita sale un líquido blanco viscoso, muy eficaz para eliminar verrugas. Debe utilizarse según sale de la higuera, fresco, y aplicarse directamente sobre la verruga, dejándolo actuar sin tapar todo el tiempo que sea posible. Esté método es más eficaz cuando los higos están aún verdes.

Una sopa “mágica” contra los virus

No escatimar en hierbas y especias en la cocina es una forma sencilla de reforzar nuestro sistema inmunitario.

África, el Caribe, América, China, Tailandia, India, los países árabes, Europa del Este, del Oeste o del Sur… allá donde vayamos, las civilizaciones del mundo entero han hecho desde siempre un gran uso de las especias, y todo por una buena razón.

Las hierbas y especias son una forma sencilla y accesible a todos los bolsillos de darle buen sabor a la comida, al mismo tiempo que se incrementan las cualidades nutricionales y terapéuticas de los alimentos.

En concreto, el ajo es valorado en la mayoría de las civilizaciones por sus propiedades curativas, sobre todo contra las enfermedades infecciosas como el resfriado y la gripe.

Esto se debe posiblemente a sus efectos estimulantes del sistema inmunitario. El ajo fresco es un poderoso agente antibacteriano, antivírico y antifúngico.

La penicilina rusa

El ajo, cuyo nombre científico es Allium sativa, se conoce históricamente por su capacidad para combatir los virus y las bacterias. Los antiguos egipcios recomendaban el ajo para tratar 22 enfermedades. Según un papiro del año 1500 a.C., los obreros que construían las pirámides lo consumían para aumentar su resistencia y estar sanos.

A partir de la Edad Media se utilizó para curar las heridas. Se machacaba o cortaba en láminas muy finas y después se aplicaba directamente sobre las heridas para impedir que se extendiera la infección.

En 1858 Louis Pasteur ya puso de manifiesto que se podía matar a las bacterias rociándolas con jugo de ajo. Durante la Segunda Guerra Mundial, los rusos hicieron gran uso de un preparado a base de ajo en los campos de batalla, hasta tal punto que los aliados lo bautizaron con el nombre de “penicilina rusa”.

Si quiere probar la eficacia de un remedio natural, aquí tiene la auténtica fórmula de la “penicilina rusa”. Para elaborarla, tome dos pomelos, seis limones, dos cebollas y siete dientes de ajo.

Pele las cebollas y el ajo y córtelos en trocitos. Lave los pomelos y los limones sin pelarlos. Meta todo en una olla de acero inoxidable y añada dos litros de agua destilada. Llévelo a ebullición. A continuación baje el fuego y déjelo hervir 10 minutos. Añada media cucharita de pimienta de Cayena en los primeros 3 minutos de cocción. Filtre la mezcla y beba un vaso de este preparado entre 3 y 4 veces al día o según la necesidad. Se recomienda tomarlo en caso de resfriado, alergia, sinusitis o infecciones menores. Este preparado se puede conservar durante 3 semanas en la nevera en un recipiente cerrado.

El ajo en la temporada de resfriados y gripe

Las enciclopedias de medicina natural atribuyen al ajo una gran cantidad de propiedades terapéuticas. ¡Se han identificado más de 150! El consumo habitual de ajo podría:

  • ser eficaz contra las bacterias resistentes a los antibióticos.
  • reducir el riesgo de enfermedades del corazón, entre ellas los infartos o accidentes cerebrovasculares.
  • normalizar la presión sanguínea y el nivel de colesterol.
  • proteger contra varias formas de cáncer, entre ellas los tumores cerebrales, el cáncer de pulmón y el de próstata.
  • reducir el riesgo de osteoartritis.

Se cree que gran parte del efecto terapéutico del ajo procede de sus compuestos sulfurados, como la alicina, que le aporta su característico olor. Pero el ajo contiene también oligosacáridos, proteínas ricas en arginina, selenio y flavonoides. (1)

En junio de 2011, investigadores en nutrición de la Universidad de Florida constataron que comer ajo podía aumentar el número de linfocitos T en la sangre, unas células inmunitarias que desempeñan un papel fundamental en la lucha contra los virus.

Los farmacólogos de la Universidad de California confirmaron que la alicina tenía efectos antiinfecciosos.

Un estudio australiano realizado con 80 pacientes, publicado en enero de 2013 en la revista médica European Journal of Clinical Nutrition, reveló que una alimentación rica en ajo puede reducir la presión arterial.

Por último, los estudios han demostrado que cuando el cuerpo digiere la alicina produce ácido sulfénico, un compuesto que reacciona con los radicales libres peligrosos. Se trata por tanto de un excelente alimento antienvejecimiento.

Mejor ajo fresco

Los dientes de ajo fresco tienen que romperse o cortarse muy finos para liberar el máximo posible de alinasa. Se trata de una enzima que cataliza la formación de alicina. La alicina, a su vez, formará distintos compuestos organosulfurados. Para “activar” las propiedades medicinales del ajo hace falta entonces romper el diente antes de ingerirlo, a menos que se tenga un extractor de jugo para añadirlo a nuestros zumos de verduras frescos.

Normalmente con uno o dos dientes de ajo medianos es suficiente, y la mayoría de la gente los tolera. La alicina se destruye al cabo de una hora de haber sido liberada, por lo que el ajo en cápsulas, así como el ajo seco o en polvo, no son tan interesantes.

Así que para reforzar el sistema inmunitario en plena temporada de gripe y resfriados le voy a enseñar una buena receta:

La receta de la sopa de ajo contra los virus

Para cuatro personas:

  • 26 dientes de ajo sin pelar y 26 pelados
  • 2 cucharadas soperas de aceite de oliva
  • 2 nueces grandes de mantequilla (unos 60 g)
  • media cucharilla de pimienta de Cayena en polvo
  • 70 gramos de jengibre fresco
  • tomillo fresco
  • 300 gramos de cebollas
  • 100 ml de leche de coco
  • 1 litro de caldo de verduras
  • 4 gajos de limón

Precaliente el horno a 175º. Coloque los 26 dientes de ajo sin pelar en un platito de cristal. Añada 2 cucharadas soperas de aceite de oliva, espolvoree flor de sal y mézclelo todo para que queden bien cubiertos. Tape el recipiente herméticamente con papel de horno y cocine hasta que el ajo esté dorado y tierno, lo que requerirá unos 45 minutos. Deje enfriar. Apriete los dientes de ajos entre los dedos para pelarlos y colóquelos en un cuenco pequeño.

Derrita la mantequilla en una olla grande a fuego medio-alto. Añada las cebollas, el tomillo, el jengibre, la pimienta de Cayena en polvo y deje que se haga unos 6 minutos, hasta que las cebollas estén transparentes. Añada el ajo asado y los 26 dientes de ajo crudo y cocine 3 minutos. Añada el caldo de verduras, tape la olla y déjelo hervir hasta que el ajo esté blando, es decir, unos 20 minutos. Mézclelo todo con la batidora o el pasapurés hasta que tenga una consistencia uniforme. Vuelva a verter la sopa en la olla, añada la leche de coco y déjelo hervir. Añada sal de mar y pimienta al gusto.

Exprima el jugo de 1 cuarto de limón en cada bol y listo para servir.

Se puede preparar con un día de antelación. Para ello, tápelo y guárdelo en la nevera, y cuando vaya a servirlo caliéntelo a fuego medio removiendo de vez en cuando.

¿Cuándo hay que llamar al médico?

Por lo general, cuando se tiene un resfriado no hace falta tomar ningún medicamento. Descanse, abríguese, duerma, evite el azúcar, bébase un caldo y un cuenco de sopa de ajo y tome vitamina D (5000 UI al día) para reanimar a su sistema inmunitario. Se curará en unos días y reducirá de forma significativa el riesgo de ponerse malo de nuevo.

Sin embargo, no confunda el resfriado con la gripe.

El resfriado se traduce en dolor de garganta, una tos ligera con algunas expectoraciones (esputos), mucosidad nasal… y un poco de mal humor del enfermo.

Pero la gripe, la de verdad, ¡no tiene nada que ver! Uno se siente tan mal que piensa que no va a volver a encontrarse bien en la vida. En cama, con una fiebre de caballo (39-40ºC), tos seca y cavernosa, dolor muscular, cansancio extremo… Y por desgracia a veces hay razón para estar preocupados, porque la gripe pone en peligro a personas en situación de riesgo: ancianos, niños, enfermos crónicos o aquellos que tienen un sistema inmunitario débil.

En los casos de resfriados graves, uno puede plantearse cogerse un día libre en el trabajo para curarse del todo. Un día y dos noches dormitando, abrigado bajo el edredón, acelerarán su recuperación y se sentirá como nuevo al volver al trabajo. Pero la cuestión queda totalmente fuera de lugar si se tiene una gripe de verdad. Sólo los compañeros de oficina malpensados o aquellos que no han tenido nunca la gripe pensarán que se queda en cama por gusto. Con la gripe usted no tiene más remedio que quedarse acostado y, a pesar de todos los cuidados, necesitará pasar entre una semana y quince días convaleciente para recuperar su estado normal.

Entonces, ¿cuándo hay que llamar al médico?

Las sinusitis, las infecciones de oído y las de pulmón, como la bronquitis y la neumonía, pueden tener un origen bacteriano y deben ser tratadas entonces con antibióticos (o, por supuesto, con sus alternativas naturales). Si presenta alguno de los siguientes síntomas durante su “resfriado”, tómeselo como una señal de una posible infección bacteriana, por lo que deberá llamar al médico:

  • más de 39ºC de fiebre, durante varios días seguidos.
  • dolor de oídos.
  • dolor alrededor de los ojos.
  • mucosidades nasales de color verde y amarillo.
  • dificultades respiratorias.
  • tos persistente con expectoraciones verdes y amarillas.

Deje que suba la fiebre

La primera reacción de la mayor parte de médicos, padres y enfermos es querer bajar la fiebre cuando aparece. Primero con medidas no farmacológicas una vez que supera los 37,8º y con fármacos a partir de 38,5 °C.

Pero en el caso de las infecciones virales (que son la gran mayoría de los casos) actuar así es una tontería mayúscula. Ahora verá por qué.

Los virus entran generalmente en el cuerpo por la nariz o la boca. Penetran en una célula y se reproducen en su interior hasta que ésta queda totalmente repleta, ocupando su interior por millones.

Si en ese momento observara la célula en un microscopio electrónico, tendría la impresión de que está llena de celdillas de abejas. Se trata de los virus, que están tan juntos como las celdillas de un panal de miel. Colonizada por completo, la célula muere, explota y todos los virus salen y se dispersan. Cada uno entra en una célula sana y el ciclo vuelve a empezar.

Por lo tanto, la propagación del virus es muy rápida. Millones de células o incluso miles de millones pueden verse afectadas en pocas horas. Son tantas las que mueren que la persona no tarda en sufrir lesiones en los órganos. Le duelen las articulaciones, la cabeza, los músculos, la tripa, los oídos u otras zonas, según el caso.

Por suerte, el cuerpo no se queda sin actuar ante una invasión de virus.

Tan pronto como un virus penetra en una célula, ésta libera sustancias que hacen que se inflamen los vasos sanguíneos cercanos. La sangre circula con mayor lentitud y se acumula en el lugar de la infección, lo que permite a los glóbulos blancos (leucocitos), que están en la sangre, atravesar la pared de los vasos sanguíneos y unirse a la célula infectada. Esto ocurre porque los glóbulos blancos se ven atraídos por las sustancias quimiotácticas que libera la célula.

Por su parte, la persona percibe únicamente una inflamación, que se debe a la sangre al acumularse en la zona infectada, que hace que ésta se ponga roja, caliente y duela… Pero esto es una buena señal.

La inflamación es un mecanismo natural y espontáneo de defensa del organismo ante cualquier agresión. La célula infectada se encuentra rodeada de millones de glóbulos blancos. Son tan numerosos que bloquean la oxigenación. Al no poder efectuar la respiración metabólica, la célula fermenta y produce dióxido de carbono y ácido láctico, lo que crea una acidez en la célula que bloquea la reproducción de los virus. Asimismo, el catabolismo celular incrementa la temperatura local, lo que propicia la muerte de los virus.

Por supuesto, la célula también muere, pero la propagación del virus se detiene, que es más importante.

Al morir la célula lo hacen también los leucocitos, liberándose determinadas sustancias que, actuando sobre centros termoreguladores cerebrales, elevan la temperatura corporal, provocando así la fiebre. Esta temperatura corporal significativamente más elevada acaba por aniquilar todos los virus que han afectado al organismo, desapareciendo la infección a través de un mecanismo completamente natural.

Como ve, la estrategia de reacción del cuerpo es doble: por un lado aumenta la temperatura local, donde la célula enferma, y aumenta la temperatura general del cuerpo, que es la fiebre. Estas dos reacciones contribuyen a detener la infección viral.

La inflamación y la fiebre son buenas

La inflamación, cuando es pasajera, y la fiebre, cuando no supera los 40°C, son reacciones muy eficaces del organismo para protegerse contra los virus. De hecho, son indispensables: sin ellas, los virus nos matarían sin la menor resistencia.

Nuestros mayores siempre lo han sabido. Antaño, cuando alguien sufría una infección, se le metía bajo las mantas y se le hacía beber infusiones para que sudara y aumentara la temperatura.

Un ejemplo de hasta qué punto es eficaz la forma de reacción del organismo es que un virus tan peligroso como el de la poliomielitis, que provoca minusvalías de por vida, ve cómo disminuye su velocidad de reproducción en un 99 % cuando la temperatura pasa de los 38,5 a los 39 °C. (1)

Hay que decir que, antes de los años sesenta, un elevado número de niños era infectado por el virus de la poliomielitis. Entre el 90 y el 95% de las personas ni se daba cuenta, ya que sus defensas naturales eliminaban el virus antes incluso de haber provocado los síntomas de la enfermedad. Una minoría caían enfermos, pero la mayor parte sufría entonces una subida de fiebre que destruía el virus según el mecanismo antes descrito.

Sin embargo, si por desgracia alguien les hubiera dado en ese momento una aspirina para “bajarles la fiebre”, entonces se habría desencadenado la catástrofe: el virus atacaba la médula espinal y provocaba la parálisis de las piernas.

Por eso, dar una simple aspirina, paracetamol o ibuprofeno a una persona infectada por un virus puede tener consecuencias desastrosas: al intentar bajar la inflamación y la fiebre se le da un gran impulso al virus. El organismo queda despojado de sus protecciones naturales y ya no cuenta con ningún medio para evitar la proliferación del virus y de la enfermedad.

Una experiencia famosa

Los médicos ya no tienen en realidad ninguna excusa para continuar cometiendo el error de “luchar contra la fiebre” (salvo, claro está, que exista riesgo de afectación neurológica con presencia de un cuadro convulsivo, en cuyo caso habría que bajar la fiebre urgentemente).

Este fenómeno se ha comprendido y se ha explicado científicamente desde la década de los sesenta, es decir, desde hace ya medio siglo. Si ni siquiera hoy se ha transmitido el mensaje lo suficiente, ¿cuándo se va hacer?

Vea el siguiente experimento: cogemos a dos grupos de conejos sanos. El primer grupo lo colocamos en una atmósfera a 20 °C, por lo que su temperatura es de 39 °C. A los del segundo grupo los ponemos a una atmósfera de 36 °C, lo que hace que su temperatura sea de 40 °C. Si en ese momento se inocula a los conejos de ambos grupos el virus de la mixomatosis, el 63 % de los del primer grupo de baja temperatura muere, frente a tan sólo el 30% que muere en el grupo de alta temperatura. Y eso no es todo: al inyectar a los conejos enfermos un producto que evita la fiebre (como la aspirina o el paracetamol), duplicamos el número de muertes. ¡Y esto se sabe desde hace cincuenta años! (2)

Además, como ha visto antes con el ejemplo de la polio, una sutil diferencia de temperatura (0,5 °C) puede implicar una enorme disminución de la velocidad de reproducción de los virus. Es la diferencia entre estar sano y enfermo y, en algunos casos, incluso entre la vida y la muerte.

Recuerde: eliminar la fiebre puede aumentar la velocidad de replicación de los virus hasta el punto de desbordar el sistema inmunitario.

Provocar fiebre para curar

Mientras la medicina oficial sigue recomendando tomar baños tibios (además de medicamentos) para “bajar la fiebre”, lo mejor en realidad es hacer lo contrario, es decir, provocar fiebre para acelerar la curación (salvo en caso de síndrome febril convulsivo).

Aquí tiene un protocolo de “fiebreterapia” que puede utilizar para ayudar a su organismo a hacer frente de forma natural a las infecciones. No hay que usarlo si ya se tiene fiebre, si se está embarazada o si hay alguna contraindicación con la aplicación de calor.

Preparación: la fiebreterapia parece que sólo consiste en tomar un baño caliente, pero va mucho más lejos. Para que resulte eficaz, hay que seguir las instrucciones. Tenga a mano un termómetro, ropa absorbente (por ejemplo un albornoz de baño o un chándal). Elija el momento en el que pueda tener varias horas de tranquilidad por delante. Beba dos vasos de agua mineral y vaya bebiendo más agua durante y después del tratamiento. Prepare un baño de agua caliente.

Paso n.° 1: Entre en la bañera y vaya echando agua caliente hasta que alcance el umbral de temperatura que pueda soportar. Por lo tanto, tenga cuidado si lo prepara para otra persona, sobre todo para un niño (en este caso, y como precaución, puede bañarse con él).

Paso n.° 2: Tómese la temperatura mientras se está bañando, bajo la axila. Cuando alcance los 38,5 °C, cuente 20 minutos. Normalmente, ya habrá empezado a sudar mucho antes de llegar a esa temperatura. Beba agua mineral, pero no debe estar fría.

Paso n.° 3: Salga del baño una vez transcurridos los 20 minutos. Cuidado al salir, ya que a menudo se encuentra débil en ese momento. Séquese rápidamente, tápese la cabeza con una toalla y póngase el albornoz.

Paso n.° 4: Métase rápido en la cama antes de enfriarse. En ese momento debería tener tanto calor que sudará en abundancia, que es exactamente el objetivo que se persigue. Quédese tapado hasta el paso 5. Duerma si puede (de hecho, es lo mejor que puede hacer).

Paso n.° 5: Entre 45 minutos y dos horas más tarde, recuperará de modo natural su temperatura habitual. Antes de empezar a tener frío, quítese el albornoz húmedo. Intente no enfriarse. En este momento el tratamiento habrá llegado a su fin.

Puede volver a iniciar el ciclo varias veces y para casi todas las infecciones. Sin embargo, esta terapia es especialmente eficaz al inicio de la enfermedad.

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Fuentes:

  1. Programa rodado en el Instituto Pasteur, con la participación del profesor LWOFF, premio Nobel, de Jacques MONOD, premio Nobel, del profesor GIRARD, especialista en rabia, y del profesor Claude HANNOUN, especialista en gripe.
  2. Misma referencia.

Plantas medicinales para calmar las náuseas

El estrés, los nervios, los viajes largos, las intolerancias alimentarias, ciertos medicamentos o el embarazo son algunas de las múltiples causas por las que sentimos angustia. Existen plantas medicinales muy comunes que, mediante una rápida infusión, pueden ayudar a calmarlas. En Planeta Huerto te contamos cuáles son y para qué sirven:

Anís e hinojo

Tanto el anís como el hinojo pertenecen a la misma familia de plantas, las umbelíferas. Tienen un efecto antibacteriano, anticonvulsivante y alivian las náuseas producidas por intolerancias. No se deben beber diariamente: es mejor combinarlos con otras hierbas.

Masticar hojas de albahaca fresca calma el estómago y las náuseas. La lavanda en infusión o en aceite esencial para inhalar es útil para eliminar la sensación de angustia o los mareos.

Jengibre

Tomar jengibre fresco, en infusión o preparado, combate todo tipo de náuseas (causadas por la toma de ciertos medicamentos o tratamientos, por movimiento…). No se recomienda a mujeres embarazadas, ya que podría provocar contracciones prematuras.

Limón

A veces es suficiente con oler el limón para detener la sensación de vómito. Uno de los remedios más utilizados para asentar el estómago es tomar agua caliente con un poco de piel de limón.

Alcachofa

Comer alcachofa hervida preparados a base de sus hojas ayuda a regenerar el hígado y reducir las náuseas.0

Melisa y verbena

La infusión de melisa alivia los síntomas de hinchazón. Combinada con verbena calman tanto los espasmos como las náuseas del embarazo y otras causadas por intolerancia.

Menta

La menta es eficaz contra los vómitos agudos, las náuseas matinales, e incluso los dolores de cabeza. Además, estimula las ganas de comer. Cuando el dolor es crónico, se recomienda mezclar las hojas de menta con flores de manzanilla. El aceite de menta debe utilizarse con precaución durante el embarazo, ya que causa el mismo efecto en embarazadas que el jengibre.

Cómo preparar una buena infusión

Para conservar las propiedades de las plantas debemos seguir algunas pautas a la hora de realizar una infusión:

  • Siempre que se pueda, usar agua mineral.
  • Calentar el agua sólo hasta que llegue al punto de ebullición.
  • Tapar la infusión para que no pierda los principios activos.
  • Dejar reposar 15 minutos.

Qué debe comer para evitar el cáncer

Imagine que dejar de consumir ciertos alimentos pudiese llevar a las células cancerosas hasta la inanición… De esta forma, el tumor que está en pleno crecimiento se detendría de inmediato. Al estar privado de alimentos, empezaría a consumirse y encogerse, hasta desaparecer. Según algunos investigadores, en algunos casos este sueño puede llegar a convertirse en realidad. Ahora verá qué es lo que necesitan las células cancerosas para subsistir.

Las células pueden funcionar gracias a dos combustibles

Las células disponen de dos tipos de combustible: la glucosa y los ácidos grasos. Las células tienen que quemar estos combustibles para transformarlos en energía celular (ATP o adenosín trifosfato). Para ello necesitan oxígeno, que les llega a través de la respiración y la sangre. El combustible y el oxígeno se queman en el interior de la célula, en las mitocondrias, que son unas “minifábricas” ubicadas dentro de las células y encargadas de producir la energía celular. Las mitocondrias pueden funcionar o bien con oxígeno y glucosa, o bien con oxígeno y ácidos grasos.

Cuando el oxígeno escasea

Sin embargo, las mitocondrias no disponen siempre del oxígeno suficiente. Por ejemplo, cuando corremos muy rápido y nos falta el aire, a nuestras células les falta oxígeno. Por suerte, podemos seguir corriendo a pesar de todo, ya que nuestras células son también capaces de producir energía sin oxígeno, mediante un proceso metabólico intracelular anaeróbico, que les permite funcionar cuando no hay oxígeno. Sin embargo, sólo es posible con glucosa (y no con ácidos grasos).

Las células cancerosas son adictas a la glucosa

Las células cancerosas, que son muy agresivas, se reproducen con rapidez y pueden abundar en una misma zona, prefieren el metabolismo intracelular anaeróbico para poder funcionar. Pero por otro lado, éste no es posible con los ácidos grasos, lo que significa que las células cancerosas requieren un gran aporte de glucosa. De hecho, necesitan 20 veces más glucosa que una célula sana. Hasta tal punto es así que el escáner PET (que es el que permite ver un tumor tras inyectar material radiactivo en una vena, que captan las células del cáncer y el escáner transforma en imágenes) puede servir para detectar el cáncer en un organismo observando únicamente aquellas células que consumen más glucosa. Así, a las células cancerosas lo único que les interesa es encontrar glucosa a cualquier precio, como si fueran toxicómanos, y como tales se olvidan de su entorno. Cuando sólo disponen de ácidos grasos, están abocadas a la inanición. De esta forma, la producción de energía celular desciende y las células cancerosas pierden su agresividad y su capacidad multiplicadora. No ocurre lo mismo con otras células del cuerpo (como las del cerebro, el corazón y otros músculos), capaces de sobrevivir únicamente gracias a los ácidos grasos, pues su comportamiento es menos frenético.

Cáncer en cascada

La glucosa es, por tanto, el verdadero combustible de las células cancerosas. Además, la ingesta excesiva de azúcar también incrementa el riesgo de cáncer por otras vías:

  • El metabolismo anaeróbico de glucosa en las células produce ácido láctico, que a su vez produce una acidificación de los tejidos cancerosos, lo que favorece aún más el crecimiento del tumor.
  • A mayor ingesta de azúcar, mayor será su nivel de azúcar en sangre y más insulina fabricará su páncreas. Y es que la insulina estimula la producción de una molécula llamada Insulin-like growth factor-1 (IGF, factor de crecimiento similar a la insulina), una potente hormona responsable de la proliferación no sólo de las células sanas, sino también de las cancerosas.

Esto es lo que ha llevado a varios investigadores a proponer un régimen sin glúcidos, llamado régimen cetógeno, para ayudar a los pacientes con cáncer.

Régimen sin glúcidos contra el cáncer

En 2007, la doctora Melanie Schmidt y el biólogo Ulrike Kämmerer llevaron a cabo un estudio clínico con pacientes enfermos de cáncer en el hospital de Wüzburg, en Alemania. Los pacientes siguieron un régimen cetógeno, muy pobre en glúcidos y rico en grasas y proteínas. Nada de azúcares, cereales, pasteles, pasta, arroz, patatas, muy poca fruta, sólo carne y pescados grasos, huevos enteros, nueces, aceite de oliva y de lino y ciertas verduras. Pero esto no era novedoso. Ya en 1924, el doctor Otto H. Warburg (premio Nobel en 1931) había publicado sus observaciones sobre los tumores y concluía así: “Una alimentación rica en glúcidos estimula enormemente el crecimiento de las células cancerosas“. Los dos investigadores de Würzburg se toparon entonces con un gran escollo. El hospital sólo les autorizó probar el régimen cetógeno en aquellos pacientes que hubiesen agotado todas las terapias convencionales contra el cáncer: cirugía, radiación, quimioterapia e incluso terapias alternativas como la hipertermia y la autohemoterapia (sangre venosa reinyectada por vía muscular). Es decir, que los pacientes ya se encontraban en muy mal estado de salud. Padecían cáncer de ovarios, de mama, de las glándulas parótidas, de huesos, de páncreas, de tiroides, de esófago y tumores agresivos del sistema nervioso resistentes a los tratamientos clásicos. Dos de ellos fallecieron en menos de un mes tras el inicio del estudio, otro lo dejó porque consideraba excesivamente difícil privarse de bebidas azucaradas y cereales, y otros seis lo dejaron por motivos personales. Otros dos pacientes dejaron prematuramente el estudio debido a un empeoramiento brusco de su estado de salud. Sin embargo, los cinco pacientes que siguieron el régimen sin glúcidos durante tres meses mostraron resultados positivos. Los pacientes siguieron con vida, su condición física se estabilizó o mejoró, su tumor dejó de crecer y la enfermedad consiguió estabilizarse. La eficacia del régimen cetógeno reside en el riguroso seguimiento de una alimentación lo más pobre posible en glúcidos (azúcares). Cuando los glúcidos escasean, el cuerpo produce cuerpos cetónicos derivados de las grasas que pueden proporcionar energía al cuerpo y al cerebro, pero un tipo de energía apenas utilizada por las células cancerosas. Bien es cierto que, en el estudio de los investigadores de Würzburg, sólo dos pacientes consiguieron reducir suficientemente su consumo de glúcidos como para producir abundantes cuerpos cetónicos. Estos resultados preliminares son en cualquier caso destacables y los investigadores dejan entrever una solución alternativa para el tratamiento del cáncer sin esperar a que se llegue al estado terminal de la enfermedad.

Dos niños que se han beneficiado de la dieta cetógena

La primera experiencia humana con dieta cetógena aplicada en un tratamiento contra el cáncer la realizó en 1995 la oncóloga Linda Nebeling en dos niños que padecían tumor cerebral. Linda Nebeling trabaja actualmente en el Instituto Nacional del Cáncer en Estados Unidos. Los dos reaccionaron de manera positiva, y en uno de ellos la progresión de la enfermedad se detuvo totalmente. Resulta imposible sacar conclusiones generales a partir de una muestra tan reducida. Sin embargo, multitud de equipos médicos de todo el mundo se interesan hoy por el régimen cetógeno. En 2012, el doctor Thomas Graeber, profesor de farmacología molecular y médica, publicó con sus compañeros de equipo un estudio que mostraba que la privación de glucosa activa un bucle de amplificación metabólica y de señalización que conduce a las células cancerosas a la muerte.  Diversos estudios publicados en verano del 2013 en la revista Plos One señalan que las ratas cancerosas sometidas al régimen cetógeno mejoraban su supervivencia en comparación con un grupo testigo no sometido a ese régimen. Combinado con un tratamiento mediante oxígeno hiperbárico, consistente en saturar las células cancerosas con oxígeno, la supervivencia de los animales aumentó en un 78 %.  Estos resultados abren sin duda una vía de esperanza para los enfermos.

Advertencias indispensables

Hay que tener en cuenta que el régimen cetógeno causa algunos problemas, hasta el punto de que no debe seguirse sin supervisión médica. Puede provocar fatiga severa, porque el cuerpo necesita habituarse a este nuevo funcionamiento de las reservas de azúcar. El régimen cetógeno presenta también un déficit de:

  • fibra: provoca estreñimiento (o, paradójicamente, diarrea), que se puede contrarrestar con la ingesta de complementos alimenticios a base de fibras como el psilio o la pectina.
  • potasio: la mayor parte del potasio nos llega de las frutas y verduras, fuentes de glúcidos. Por ello debe tomarse un complemento de potasio o primar la ingesta de verduras pobres en glúcidos (col rizada, espárragos, berenjenas, pepino, brócoli, apio, lechuga, puerros y berros) y los aguacates.

Pero, sobre todo, el régimen cetógeno no debe seguirse en los siguientes casos:

  • insuficiencia renal, hepática o cardiaca, así como en caso de infarto reciente.
  • diabetes insulinodependiente y no dependiente sin supervisión médica.
  • durante el embarazo y la lactancia.
  • por cualquier persona durante más de 4 semanas sin supervisión médica.
  • en periodo de crecimiento (niños y adolescentes).
  • durante un tratamiento diurético o con corticoides sin supervisión médica.
  • en caso de trastornos del comportamiento alimentario.
  • después de una intervención quirúrgica.
  • en caso de enfermedad metabólica de los ácidos grasos (porfiria, déficit de piruvato carboxilasa y otras enfermedades genéticas raras).

 

Reduzca su riesgo a contraer cáncer

Sin tener que llegar a un régimen cetógeno, una alimentación pobre en glúcidos resulta beneficiosa tanto para prevenir el cáncer como para mejorar su tratamiento. Esto es lo que hay que hacer para reducir el riesgo de alimentar un tumor hambriento de glucosa:

  • reduzca su consumo de alimentos transformados e industriales, como los platos preparados, las harinas refinadas (blancas) y los alimentos que se fabrican con ellas (pan de molde, pan blanco, bollería y pastas blancas), así como las bebidas azucaradas y zumos.
  • coma cereales en cantidades que se adapten a su actividad física (puede evitar comerlos si no hace deporte).
  • haga de su plato una paleta de colores: verduras y frutas variadas en color son ricas en antioxidantes y disminuyen las inflamaciones (arándanos, uva roja, tomates y verduras verdes). Hay varias excepciones, por supuesto, como la coliflor, el rábano silvestre y los espárragos, que aunque son blancos resultan excelentes para la salud.
  • evite en la medida de lo posible las parrilladas y las frituras.
  • priorice los productos grasos de gran calidad: pescado graso pequeño, nueces de todo tipo, aceite de oliva virgen extra, aguacates, huevos ecológicos (enriquecidos con omega 3 si es posible).
  • evite los productos grasos industriales (vinagretas, mayonesas de todo tipo y, por supuesto, todas las galletas de aperitivo tostadas y saladas).
  • adapte su modo de vida para reducir las causas de estrés; cambie de trabajo, de ciudad y de actividades si éstas no le permiten llevar una vida suficientemente relajada.
  •  reduzca el uso de productos tóxicos que puedan penetrar en su cuerpo (productos de limpieza, barnices, colas y plásticos).
  •  tome una o dos copas de buen vino al día, a poder ser tinto.

La historia del cordon bleu

Un estudio realizado por investigadores del Centro Médico de la Universidad de Mississippi, en Estados Unidos, y publicado por The American Journal of Medicine, ha revelado lo que hay en realidad dentro de los nuggets de pollo (esas bolitas de pollo rebozadas) que venden las cadenas de comida rápida. Pues bien, el resultado del análisis de la investigación capitaneada por Richard D. DeShazo es el siguiente: la carne de pollo (los músculos) no es el componente principal de estas delicias. Al contrario, tienen entre un 50 y un 60% de grasa, nervios, huesos, venas, tejidos conjuntivos y cartílagos.

Hay algo mucho peor que los nuggets, y es la historia del cordon bleu, ese plato de origen francés cuya versión española es el sanjacobo, y del que hay variantes, como el cachopo de la cocina asturiana.

Os voy a contar una bonita historia, aunque algo triste.

Sucedió hace mucho tiempo, mucho antes de la invención de los congelados y del horno microondas.

En aquella época, no había ni pizzas envueltas en celofán ni lasañas en bandeja. Las personas todavía no comían con cubiertos de plástico ni en platos de papel. Iban al mercado a comprar productos frescos. En casa, utilizaban cocinas a gas y comían todos juntos sentados alrededor de la mesa.

De eso hace mucho tiempo, en una época en la que ni siquiera existían los refrescos y los niños bebían agua.

En Francia, la persona que mejor cocinaba recibía el apodo de cordon bleu. Esta simpática expresión hacía referencia a la cinta azul que llevaban aquellas personas distinguidas con la Orden del Caballero del Espíritu Santo, la más alta distinción de la monarquía, creada por Enrique III. Esta Orden era conocida por sus lujosos banquetes (a los que puso fin la Revolución francesa), pero aún después el nombre cordon bleu siguió utilizándose para designar la excelencia en la cocina. Por aquel entonces, en francés la cinta se llamaba “cordon” y de ahí procede la expresión cordon bleu (cinta azul).

Un día, uno de esos cocineros excepcionales inventó un medio particularmente delicioso de preparar los escalopes de ternera.

Un escalope es un filete fino de carne, que normalmente se reboza con mantequilla y pan rallado para que quede crujiente. Los mejores escalopes son los de ternera, que también son los más caros, ya que la ternera es una carne tierna y sabrosa, muy apreciada.

En lugar de preparar los escalopes directamente en la sartén, como de costumbre, el cocinero tuvo la idea de cubrirlos con una loncha de suculento jamón y un delicioso queso procedente de los Alpes suizos, el gruyer. A continuación, los dobló por la mitad, los rebozó en pan rallado y los frió en mantequilla, con sal y pimienta. Los sirvió acompañados de una salsa de crema de leche, chalotas y vino blanco.

Como podréis imaginar, el resultado fue exquisito: la carne tierna del escalope de ternera se deshacía, y esa sensación se veía aumentada por el queso gruyer. El jamón templado potenciaba el sabor y le daba carácter. Los comensales quedaron encantados. En memoria de este cocinero, que era un cordon bleu, la receta fue bautizada como “escalopes cordon bleu” y se convirtió en un plato tradicional francés que se servía en las grandes ocasiones.

Llegó un día en el que a alguien se le ocurrió preparar directamente los escalopes cordon bleu en las fábricas. El éxito fue inmediato: se dieron cuenta de que se trataba de un plato ideal para dar de comer fácilmente a gran cantidad de gente. El cocinero sólo tenía que abrir el paquete, echar los cordon bleu al fuego y, hala, listo. Corría la década de los 80.

Los escalopes cordon bleu, poco habituales hasta esa época, se convirtieron en un plato básico en los comedores escolares y en los menús baratos de los restaurantes, no sólo de Francia, sino casi del mundo entero.

“¿Baratos? ¿Cómo puede ser?”

Pues muy sencillo: la ternera fue sustituida por pollo, luego por pavo y, finalmente, por una pasta hecha a base de carne de todo tipo, muchísimo más barata. Se sustituyó el gruyer, como en la cheeseburger de las cadenas de hamburgueserías, por un líquido pegajoso que recuerda al queso fundido. El jamón fue sustituido también por pavo, cocido con aromas y colorantes que recuerdan al sabor del jamón. Costaba darse cuenta, porque por fuera los cordon bleu seguían teniendo prácticamente la misma apariencia. Y para que la gente tuviera la impresión de estar comiendo algo consistente, los cordon bleu se recubrieron con un pan rallado blando y aceitoso, cada vez más espeso.

Hoy en día, ya no hay ni que poner la sartén al fuego para prepararlos, ya que se pueden calentar directamente en el microondas.

Y para consumirlos basta con no pensar en lo que se ingiere, por ejemplo, viendo el fútbol por la tele mientras se comen.

En cuanto a los niños, la mayoría comen hoy en día cordon bleu, sanjacobos, nuggets y todo tipo de variantes industriales desde bien pequeños y no tienen ni la más remota idea de cómo era el plato antes, así que no ven ningún motivo por el que apenarse».

Una publicidad curiosa

«Listos en 10 minutos al horno, ¡los cordon bleu de XXX son los cómplices de las mamás!»

Esta frase, de gramática dudosa en su versión original francesa, aparece en la publicidad de los cordon bleu de una popular marca francesa.

“¡Cómplices de las mamás!”. Con esta mención a la complicidad el fabricante pretende transmitir a las mamás que está de su lado para la buena alimentación de sus hijos. Pero realmente, ¿no es al revés y está haciendo a las mamás cómplices del fabricante dándoles a sus hijos una imitación industrial del cordon bleu que ni tiene ternera, ni gruyer, ni jamón? Da que pensar…